El acto analítico: un “antes” y un “después”

Conocemos el ejemplo que da Lacan sobre lo que es un acto: el de César cruzando el río Rubicón. Ese río marcaba el límite simbólico para el ejército de la República, ese límite que no podía atravesar porque marcaba la frontera entra Roma y la Galia. Transgredir las leyes simbólicas establecidas es lo que le da el carácter de acto. Es decir, hay el Otro y la posibilidad de ir más allá de él. Eso tendrá consecuencias para la historia de Roma.

En el Seminario 15, Lacan sostiene que el acto para el analista es sin Otro y también es sin sujeto, lo que no implica que para el analizante no haya Otro, ni la dimensión del inconsciente transferencial. Nos dice Miller: “El analista que realiza su acto no opera a partir de su inconsciente. Se supone que no debe interferir con sus propias asociaciones. Si esto ocurre, se trata de un lapsus del acto, que entonces puede ser interpretado”[1].

Esta perspectiva nos plantea numerosos interrogantes para la práctica. ¿Cómo opera el analista? ¿Se trata de la interpretación, del corte, del silencio?

Lacan, en la primera formulación de los tiempos lógicos, en su escrito El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada, un nuevo sofisma: instante de ver, tiempo para comprender y momento de concluir, podemos encontrar el origen de lo que será su teoría más depurada sobre el acto analítico a partir del Seminario XV. La palabra acto, tal y como la introduce Lacan en psicoanálisis, debe distinguirse claramente de todo lo que evoca la actividad o la acción. Lacan sitúa el “hacer” del lado del analizante y el “dejar hacer” del lado del analista. No se trata de una pasividad, sino de operar la invención del sujeto, de dejar advenir el sujeto supuesto saber del lado del analizante. El analista encarna el lugar del sujeto supuesto saber, pero no para ejercer un poder, sino para hacerlo existir en el analizante. En cierta manera, la presencia del analista transcurre entre el “dejar hacer” y el acto analítico, para permitir la emergencia del inconsciente. Como dirá Lacan, el inconsciente no es perder la memoria, es no acordarse delo que se sabe.[2]

La lógica de la sesión corta, de la interpretación, de la puntuación y del corte, que acompaña a la temporalidad del inconsciente a partir del Seminario XI, es solidaria de su concepción del acto analítico. En este Seminario, Lacan piensa el inconsciente como una “pulsación temporal”, que se abre y se cierra, emergiendo en momentos específicos como en el lapsus, los sueños o los actos fallidos. Fue necesario el deseo de Freud para que el inconsciente adquiriera un nuevo estatuto, más allá de la ontología y del conocimiento, para encontrar su dimensión ética, tal y como lo nombra Lacan.

En esa pulsación, el sujeto se confronta con su deseo inconsciente, lo que requiere una respuesta ética del lado del sujeto: el acto de consentir a hacer un recorrido analítico, un sujeto que hace la experiencia de que no sabe lo que dice y que no sabe quién es. Tampoco sabe hacía donde va, asume el riesgo que implica el acto de consentir a dejarse llevar por los caminos en búsqueda de la verdad, para encontrar al final que ésta solamente se podrá decir a medias. Esto supone una conversión de la posición del sujeto en su relación con el saber y requiere de un acto para que el mismo sujeto pueda comprometerse con su palabra. Se trata del sujeto del inconsciente que emerge en el encuentro con el analista y que incluye una dimensión de significación, en la frontera que concierne a lo real.

Lacan nos dice en el Seminario XV que el saber del que se trata tiene que ver con lo real y conduce al sujeto a tomar en cuenta las consecuencias de la verdad: “Lo que nos enseña el psicoanálisis es que la verdad se sitúa en el punto donde el sujeto rechaza el saber. Todo lo que se rechaza de lo simbólico reaparece en lo real. Esta es la clave de lo que se denomina síntoma. El síntoma es ese nudo real donde está la verdad del sujeto”[3].

Desde esta perspectiva, el inicio del análisis supone un franqueamiento de la relación del sujeto con la palabra. En el final del análisis ese franqueamiento toca lo real del síntoma: “La función del psicoanálisis se caracteriza claramente por el hecho de que instituye un “hacer” mediante el cual el psicoanalizado alcanza un cierto fin”[4]. Lacan evoca un horizonte en el que hay un final del análisis. Podemos leer también que el acto analítico está al servicio de permitir una transformación de la relación del sujeto con la exigencia pulsional, un desplazamiento de un modo singular de goce.

De esta manera, Lacan aborda la experiencia analítica desde la perspectiva del acto que determina el comienzo del análisis y el acontecimiento de su final. Ese es un amplio recorrido que transita alrededor del agujero de lo real. Su final, Lacan lo sitúa del lado del analizante.

Lacan escribe la famosa frase: “el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo”[5], que tenemos que contextualizar en el debate del movimiento psicoanalítico de la época. Al mismo tiempo, inventa el procedimiento del pase para dar cuenta de cómo “uno” ha llegado a autorizarse como analista a partir de su propio análisis.

En la contraportada del Seminario XV[6], Miller nos dice que el Seminario marca un punto de inflexión. Se trata de la pregunta sobre ¿qué es un analista? Respuesta: es un analizante (palabra que Lacan sustituye a la de «analizado») que ha llevado la experiencia analítica a su conclusión. Al principio, hay un deseo inédito, que presupone un franqueamiento, es decir, un acto, como César cruzando el Rubicón. Este acto es el del analizante, pero el acto psicoanalítico propiamente dicho es realizado por el psicoanalista, abriendo a este analizante el campo conocido como el «sujeto supuesto saber» donde se descifra el inconsciente. Al final, el s.s.s. se desvanece, mientras que el analista, su soporte, es evacuado como el desecho de la operación. El analizado convertido en analista toma su relevo. ¿Y por qué? _cuando ahora sabe lo que le espera_.

Hay un antes y un después del recorrido de un análisis, esa experiencia en la que varios franqueamientos han de producirse.


[1] Miller, j.-A., “Acte ou inconscient », La cause du désir, nº 116, p. 20.

[2] Lacan, Jacques., Otros Escritos, “La equivocación del sujeto supuesto saber”, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 354.

[3] Lacan, Jacques, Le Seminario XV, libre XV, L’acte psychanalytique, Paris, 2024, Seuil&Le champ Freudien, p. 295 (la traducción es nuestra)

[4] Ibid, p. 75.

[5] Lacan, Jacques., Otros Escritos, “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 261.

[6] Lacan, Jacques, Le Seminario XV, libre XV, L’acte psychanalytique, Paris, 2024, Seuil&Le champ Freudien.(la traducción es nuestra)

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