Sobre la demanda de los pacientes, ¿Cómo escucharla?

Conferencia presentada en Salvador de Bahía el 14.10.2017

El tema de la Conferencia es muy amplio y por tanto solamente pretendo dar algunas coordenadas para orientarse. Freud y Lacan lo abordaron en diferentes momentos de su enseñanza, desde diferentes puntos de vista.

Para articular este trabajo tomaré algunas viñetas clínicas de mi práctica y de mi propia experiencia analítica.

Lo que les presento son 3 puntos:

1.-La demanda y la escucha siempre incluye la dimensión de la palabra.

2.-Hay que distinguir el enunciado de la enunciación.

3.-No hay clínica sin ética.

1.-La demanda y la escucha, ya sea del médico o del psicoanalista, siempre incluye la dimensión de la palabra y del lenguaje.

Esta mañana he planteado el corte que introduce en la historia de la medicina el discurso de la ciencia moderna. En la época pre-científica los médicos operaban con las palabras y de esto tenemos testimonios en los clásicos. La función del médico consistía en dar una cierta significación a la enfermedad. El paciente visitaba al médico para ser curado, pero en la medida en que las herramientas terapéuticas eran muy escasas, también pedía ser escuchado y que le dieran un cierto sentido a la enfermedad.

Se trata de la función del médico como exegeta, función que se ha ido perdiendo en el proceso de deshumanización en la atención a los pacientes y la enfermedad. La figura del médico era parte de la droga y del fármaco.

Con el discurso de la ciencia, el médico se convierte en un técnico de la biología y del organismo, ya no pone el acento en acoger la demanda del enfermo e interpretarla. El médico abandona de esta forma una de las herramientas fundamentales de su práctica en la relación médico-paciente y, al apoyarse solamente en la pierna de la ciencia, cojea un poco.

En la actualidad, al paradigma del cuerpo como una máquina se añade el problema de la utilización generalizada de los protocolos y los nuevos sistemas de evaluación, que están suponiendo la declinación de la clínica en el sentido más clásico.

El protocolo supone el axioma de “a todos por igual” y en ese escenario no solamente desaparece la subjetividad del paciente, sino también la del propio médico. Los sistemas de evaluación, calidad y producción que se han establecido para la industria se trasvasan sin mediación a la atención de los pacientes. El resultado es patético porque no solamente originan enormes problemas en la atención de los enfermos sino que también es el origen de un profundo malestar de los profesionales de la Medicina.

La exclusión de la subjetividad tiene sus consecuencias. No obstante, la medicina del siglo XXI se orienta hacia otro paradigma en el que partiendo de la idea del cuerpo como una máquina se propone como objetivo tal y como dice E. Laurent: “Un sueño en el cual podríamos considerarnos como máquinas con un funcionamiento asegurado, y si falla se podrían cambiar las piezas sueltas, de manera tal que pudiera funcionar de nuevo de manera normal, asegurándose una presencia normativizada en el mundo como tal. Eso es un sueño cientifista.”[1]

El colosal desarrollo de la ciencia, sobre todo en el campo de la genética y de la biología molecular alimenta este sueño.

Una de las pacientes que enseñaron mucho a Freud fue la baronesa Fanny Moser, una viuda rica que atendió en 1889 y 1890. Freud relata detalladamente el tratamiento que realizó con el método catártico. Denominó este caso como “El caso de Emmy Von N.”

Padecía tics convulsivos, inhibiciones espásticas del lenguaje y alucinaciones recurrentes sobre ratas y serpientes que se retorcían. Ella va abordando las escenas traumáticas y sobre todo, según Freud, le pedía que la dejara hablar y no la interrumpiese con preguntas:

“Entonces, francamente malhumorada ya, me dice que no debo estar siempre preguntándole de dónde procede esto o aquello, sino dejarla relatarme lo que desee.”[2]

De esta forma, por tediosos y repetitivos que fueran sus relatos tenía que escucharlos hasta el final porque de lo contrario se ponía furiosa. Se podría decir que Freud fue aprendiendo a escuchar y a distanciarse de la clásica exploración del médico.

Al mismo tiempo le enseñó otra cosa, según le dijo a su hija en 1918: que el tratamiento por medio de la hipnosis es un procedimiento absurdo e inútil, lo que le impulsó a crear la terapia psicoanalítica tal y como la conocemos hoy, la escucha y la asociación libre.

Podríamos decir que Freud comenzó a tomar distancias a finales del siglo XIX de todos estos planteamientos y de esta forma inventó el psicoanálisis como una experiencia ética en la que la escucha y la palabra toman el mando del dispositivo analítico.

Uno de los reproches que se le dirigían a Freud era que el psicoanálisis era un tratamiento largo, a lo que respondía de la siguiente manera:

“Resulta imposible fijar de antemano la duración del tratamiento […] un colega que me honra con su amistad me escribía en una ocasión: <<lo que necesitamos es un tratamiento cómodo, breve y ambulatorio de las neurosis obsesivas>>, y como no podía satisfacerle me disculpé todo avergonzado, con la observación de que también los internistas se alegrarían mucho de poder hablar, para el cáncer o la tuberculosis, de una terapia que reuniera tales ventajas […] a la abreviación de la cura analítica se opone un factor muy importante: la lentitud con que se cumplan las modificaciones anímicas algo profundas.”[3]

Les voy a contar algo de mi propia experiencia analítica.

Hacia el final de mi primer análisis me autoricé a la práctica del psicoanálisis, lo que era fuente de angustia. Más allá de los efectos terapéuticos obtenidos había que dar una vuelta más. Al final de la conferencia volveré sobre este punto.

En la primera entrevista del segundo análisis le hablaba al analista acerca de mi temprana vocación por la medicina, que se remitía a los primeros años de la infancia. Le decía que curiosamente no recordaba que mis padres hubieran promovido expresamente esa vocación y tampoco sabía acerca del origen de la misma.

La interpretación del analista fue inmediata: no sabía que lo sabía, convocando de esta manera el trabajo del inconsciente.

Durante este segundo análisis me había dado cuenta de la importancia de una escena infantil en la que encuentro a mi padre caído en el suelo. Ese día había bebido demasiado. Ese momento quedó fijado como un trauma, un agujero en mi existencia. ¿Está vivo o está muerto? Aspirado por ese agujero me pasaré la vida tratando de salir de él. Así se forjó la arquitectura de mi neurosis.

Desde entonces, la enfermedad y la muerte fueron mi pesado partenaire y la medicina fue el anclaje sintomático que anudó ese real-trauma bajo la forma del deseo de curar al padre. Ese fue el fundamento neurótico de mi deseo. Se podría decir que la experiencia de mi análisis se podría leer desde la perspectiva del deseo de curar del médico al deseo del analista en donde se trata de otra cosa.

Pero había algo que me llamaba la atención y es que mi inclinación hacia la medicina apareció desde la más temprana infancia, mucho antes de la escena que podríamos considerar traumática.

Tras finalizar el análisis, le pregunté a mi madre acerca de un enunciado suyo que siempre estuvo presente en mi vida. Un día, siendo niño le manifesté mi vocación por la medicina, ella me contestó que le parecía muy bien, pero que yo tenía algo especial y que “había algo más que no me podía decir”.

¿Qué es eso que no me podía decir?, me he preguntado en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida. Ese enigma se despejó hace poco tiempo cuando mi madre me contó la siguiente historia que me produjo un gran asombro. Pocos meses después de nacer, mis padres me llevaron al médico porque me habían aparecido unas manchas o úlceras en la boca. El médico les dijo que no se preocuparan porque no era ninguna enfermedad importante, simplemente se trataba de unas señales que significaban que tenía algo especial. Les aclaró que no debían decir nada a nadie porque entonces perdería esos “poderes”. Mis padres creyeron esta interpretación del médico al pie de la letra y guardaron el secreto.

Esa misteriosa frase había transportado un deseo del Otro del cual yo me había apropiado aunque ellos guardaran el secreto. Sin saber que lo sabía, así es el inconsciente.

Lo más importante de este asunto son los efectos que había tenido en mi vida una historia que podría considerarse como casi delirante. Finalmente, yo había encarnado la figura del médico, que había estado presente en mi novela familiar desde el principio. Ahora entiendo por qué mi madre habló siempre con tanta fascinación de este singular Dr. Guillermo. En realidad, no ha dejado de hablar nunca de él.

Pero lo que quiero destacar especialmente es el hecho de que las palabras del médico tuvieron un efecto de interpretación, es decir lo que se dijo tuvo consecuencias en mi novela familiar y en la arquitectura de mi propia neurosis. El enigma finalmente se ha despejado y queda como una historia, absurda, sin sentido, como muchas de las que uno se encuentra a lo largo de su existencia.

Entonces, una de las primeras cuestiones que hay que subrayar es que está la dimensión de la escucha y la de las palabras, del malentendido, de lo que se dice y lo que no se dice.

Los fenómenos de la transferencia son variados tal y como los descubre Freud, pero será Lacan quien formulará que en la transferencia, el Otro –ya sea médico o psicoanalista- ocupa el lugar del saber, de sujeto supuesto saber, lo que le da un estatuto particular en la estructura, en la que las palabras dichas tienen efectos y consecuencias.

2.-En la escucha es fundamental tener en cuenta el enunciado de lo que se dice y la enunciación o el cómo se dice.

 Para presentar este segundo aspecto veamos una pequeña viñeta clínica de mi propia práctica como psicoanalista.

Hace unos años recibí en mi consulta a una paciente de 69 años que había sido diagnosticada de fibromialgia a los 49 años. Venía un poco forzada por el marido, cuestión que me aclaró desde el principio. No tenía ninguna subjetivación de su padecimiento.

Hacía diez años tuvo que trasladarse de la ciudad en la que había pasado la mayor parte de su vida, por el trabajo de su marido, y desde entonces se había encontrado mucho peor. Allí quedaron las dos hijas que le quedaban de los cuatro hijos que había tenido. Uno de ellos falleció poco tiempo después de nacer y el otro hacía 4 años. Según relata, cuando había superado, más o menos, la muerte del hijo, su marido cayó muy enfermo. Desde entonces vive asustada. Hace seis años falleció su hermano por un accidente absurdo y justamente hace 20 años cuando a ella la diagnostican de fibromialgia, fallece la madre y ella se separa durante un tiempo de su pareja, cuestión que es señalada por mi parte, a lo que responde que ella nunca lo había pensado así.

Una historia de pérdidas sin subjetivarse. Así se presenta esta paciente.

Me cuenta un episodio que le ocurrió cuando fue a consultar hace un mes al neurólogo por unas “parestesias” o “sensación de hormigueo” en los brazos y piernas, junto a dificultades para caminar que le sucedían desde hacía tiempo. El neurólogo examina todas las pruebas que le habían realizado y le aclara que no encuentra ninguna explicación a lo que le pasa. Ella le insiste en sus dolores y él contesta: “No es cosa mía”. La paciente escucha a partir de allí que el neurólogo siempre le decía que “no es cosa mía”.

En este momento de la entrevista el marido, que estaba presente, aclara que el neurólogo había estado muy amable y que simplemente les dijo que él no trataba la fibromialgia, que debía consultar con otro especialista.

La paciente se enfada un poco aclarando que no era así, que no le hizo caso y añade que el colmo es que cuando fueron a pagarle -se trataba de una consulta privada- el neurólogo no quiso cobrarles, les dijo así: “Por una consulta que no hago no cobro”. Es decir, para la paciente no había habido consulta y para el neurólogo tampoco.

Inmediatamente el marido dice que de lo que se trataba es de que el neurólogo aclaraba que no cobraba por una consulta informativa, que a fin de cuentas era un detalle que tenían que agradecerle.

Pero para ella lo que cuenta fueron sus palabras de que “no había habido consulta” y que por lo tanto ella no había estado allí.

Podríamos decir que ella tomaba las palabras del médico a la letra.

No sabemos si el neurólogo lo hizo con buena intención o no, pero en psicoanálisis sabemos que no se trata de buenas o malas intenciones.

En muchas ocasiones, los médicos, los psicoanalistas también,  escuchan y hablan, pero lo hacen desde sus propios fantasmas, influenciados por sus ideales o por su manera de entender las cosas y ahí comienzan los problemas. Cuando se trata del saber científico de las enfermedades orgánicas hay un saber de la ciencia desde el que hay que intervenir, pero cuando se trata del padecimiento o del sufrimiento humano, de las enfermedades del alma hay que proceder de una manera completamente diferente.

En el caso de la práctica del psicoanálisis de orientación Lacaniana hay dos particularidades que son fundamentales: los analistas tienen que realizar su propio análisis para poder despojarse en el dispositivo analítico de su yo y su fantasma y además la misma práctica tiene que ser sometida a “control” porque a pesar de su análisis en la posición analítica siempre hay interferencias que hay que someter a control.

Las palabras incluyen siempre un malentendido y hay que considerar que lo que se escucha en la enunciación de lo que se dice no son palabras solamente. Esto es lo que probablemente capto esta paciente de la enunciación del neurólogo.

Para el psicoanálisis el enunciado de lo que se dice no vale solo por sus palabras sino también por su enunciación y en esta enunciación del neurólogo la paciente percibió desde el principio que ella como sujeto que padece no fue alojada. Y más allá de las intenciones del neurólogo al no quererles cobrar la consulta, justamente en ese acto, él certificó las sospechas de la paciente.

Pero, ¡ojo!, “no es cosa mía” es también la posición subjetiva con la que ella se presentó en mi consulta de psicoanálisis cuando aclaraba que lo hacía porque la había traído su marido.

Inicialmente no había demanda por parte de ella y hubo que hacer las maniobras necesarias para que pudiera incluirse en esta demanda.

Con esto quiero subrayar otro aspecto esencial y es localizar de manera más o menos adecuada de qué demanda se trata porque esto no está muy claro en muchas ocasiones. Este es uno de los puntos decisivos de las entrevistas preliminares.

En el momento en que manifestó que al neurólogo no le había interesado lo más mínimo lo que a ella le pasaba, aproveché la ocasión para indicarle que yo sí estaba interesado en lo que le pasaba y que podíamos hablar de ello, que me hablara de lo que le pasaba.

Evidentemente, uno acude al analista porque hay determinados síntomas que producen un cierto malestar. Si el síntoma no está presente en la demanda de análisis hay que producirlo.

Esto es algo muy frecuente en la clínica. Hay que producir un síntoma y suponerle que tiene un sentido, tiene que haber una pregunta sobre lo que quiere decir el síntoma, para que pueda iniciarse el trabajo terapéutico. Una pregunta que se dirige al analista o al médico, al que se le supone el saber.

En este caso el dolor en el cuerpo se manifestaba como un síntoma que viene a metaforizar el dolor de existir, el dolor de una serie de pérdidas cuyos duelos no fueron elaborados y que se iniciaron a partir de la pérdida de la madre, recrudeciéndose en los últimos años a partir de la muerte de su hijo y la aparición de una enfermedad grave del marido.

Hay que decir que la cura de esta paciente durante 3 años produjo beneficios terapéuticos importantes porque además de las pérdidas pudo subjetivizar un funcionamiento en la relación con su marido que era fuente de un profundo malestar y pudo encontrar las maneras de “arreglárselas” con eso.

3.-No hay clínica sin ética.

 Jacques Lacan señala en “Televisión” que la cura es una demanda que parte de la voz del sufriente, de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento[4]

Subrayo que se trata de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento, es decir del sujeto. Se trata de una clínica del sujeto y ésa es la dimensión ética de la experiencia analítica.

Desde esa dimensión ética es que J.A. Miller nos dirá en su texto de patología de la ética:

“El psicoanalista, como tal, se dirige al sujeto de derecho, siempre al sujeto, ético y de derecho. Puede tratar todas las enfermedades mentales siempre que exista el sujeto ético y de derecho, un sujeto que pueda responder. Responder, ésa es la condición de la experiencia analítica: que el sujeto pueda responder sobre lo que hace y lo que dice”[5]

Jacques Lacan nos presentará en su texto de “La dirección de la cura…” la rectificación subjetiva como el modo en que uno se hace responsable de lo que hace y de lo que dice. La entrada en análisis se producirá a partir del momento en que de todo aquello de lo que se queja, él también se hace responsable. Hay que subrayar la importancia de las entrevistas preliminares.

 J. A. Miller establece en su libro Introducción al método psicoanalítico que se tienen que producir ciertas condiciones. Primero, la localización subjetiva. Segundo la evaluación clínica de la estructura del paciente (la traducción de este texto introduce el neologismo de Miller avaluación clínica, con el que quiso combinar el término “evaluación” con el “aval” que el analista ofrece con su decisión diagnóstica). Tercero, la apertura a lo inconsciente, teniendo en cuenta que en el Seminario XI Lacan considera el inconsciente como una bomba pulsátil, que se abre y se cierra[6]

Esto significa que no hay un encuadre fijo en las sesiones ni en el procedimiento de orientación lacaniana, no hay reglas técnicas, aunque sí principios que orientan la práctica. Del acto no tenemos una garantía para saber que si hacemos esto o aquello es lo aconsejable, más bien se trata de un saber hacer allí como practicante del psicoanálisis.

 Subrayo, entonces, que promover la escucha, la subjetivización y el sentido de los síntomas, la singularidad de cada paciente frente al uso generalizado de los protocolos, la prudencia en la interpretación y en las palabras, son postulados que pueden encuadrarse en una ética que reivindique el retorno a una clínica orientada por el legítimo deseo de curar del médico.

La ética del psicoanálisis no es equivalente a estos principios porque responde a un discurso propio, pero esto no impide que podamos participar y promover iniciativas como la Red de Psicoanálisis y Medicina, que tengan como objetivo hacer frente a las corrientes más biologicistas de la psiquiatría y a las orientaciones psicoterapéuticas que tratan de homogeneizar de forma totalitaria el tratamiento del malestar y las enfermedades del ser humano.

La dimensión ética, propia del discurso analítico, incluye la perspectiva del sentido de los síntomas, del desciframiento del inconsciente y de los efectos terapéuticos, pero va más allá de eso. En realidad, el psicoanálisis más que una experiencia clínica terapéutica es una experiencia ética en la que su especificidad corresponde a una orientación hacia lo real del síntoma, es decir hacia lo incurable.

Esto quiere decir que se orienta por la dimensión del goce del síntoma, de su funcionamiento, de lo que se satisface, aunque este goce sea paradójico y fuente de malestar, lo que Lacan denominará “la orientación hacia lo real”. Esta orientación subvierte directamente el enfoque de la psicoterapia clásica que parte del adoctrinamiento y del saber constituido.

En su nota escrita en 1924 sobre “El caso de Emmy Von N.”, del que les he hablado anteriormente, Freud relata cómo varios lustros después se encontró con un prestigiado médico, oriundo de la misma región que la señorita Emmy, en un congreso científico y le pregunta acerca de su paciente.  Dice:

“Al preguntarle yo si la conocía y si sabía algo de su vida me respondió que sí y que él mismo la había sometido a un tratamiento hipnótico. Con él, así como con muchos otros médicos, había llegado a la misma situación que conmigo. Había acudido a él en sus estados más lastimosos, había respondido con extraordinario éxito al tratamiento hipnótico, pero sólo para enemistarse entonces con el médico, abandonándolo y reactivando la enfermedad en toda su magnitud. Tratábase de un inconfundible <<impulso a la repetición>>[7]

Esta nota está escrita en 1924 y en estas fechas Freud ya conocía la reacción terapéutica negativa y el fenómeno de la repetición.

Para Lacan ésta es una cuestión que tiene un significado que va más allá de los límites del método de la hipnosis. La reacción terapéutica negativa no es más que la inercia del goce y la repetición en la transferencia, entendiendo el goce no en el sentido del placer, sino de lo paradójico de que su satisfacción muchas veces va en sentido contrario al de la homeostasis del aparato psíquico.

A partir de aquí quiero subrayar otro aspecto que me parece muy relevante. Cuando hablamos de la demanda y de la escucha de los pacientes hay que tener en cuenta que la misma se realiza no solamente en el plano de las palabras –tal y como dije anteriormente- sino que además las mismas introducen en la transferencia otra dimensión que es la del goce, una especie de “cuerpo extraño” que transporta la dimensión libidinal puesta en acto en la transferencia en cada analizante de forma singular. De esto el analista también debe de estar advertido.

El manejo de la dimensión pulsional en la transferencia es lo específico de la práctica del psicoanálisis de Orientación Lacaniana.

Esto lo podemos observar muy a menudo en la práctica clínica bajo diferentes formas. El paciente que siempre llega tarde a la sesiones y hace todo lo posible para hacerse rechazar, o el que piensa que el analista con sus palabras lo puede devorar, o aquel que se coloca en la posición de “víctima” frente al Otro y al analista. Podríamos dar innumerables ejemplos de cómo lo pulsional de introduce en la relación de la transferencia, entendiendo la misma en un sentido amplio porque la transferencia no es algo que se produzca exclusivamente en el dispositivo analítico.

En el “informe de Daniel Lagache”, apartado “Para una ética”, Lacan habla de una ética que se calla, no da preceptos y nos dice: “ Una ética se anuncia convertida al silencio, por la avenida no del espanto, sino del deseo”[8]

Es decir, nos habla de una ética que está lejos de ser una práctica reeducativa o una nueva teología moral, donde hay una suspensión radical del juicio moral y en la que la finalidad de la experiencia analítica es un “bien decir”.

Del lado del analizante se trata de un “bien decir” alrededor del goce pulsional, un goce que se ensambla en un nudo que incluye el placer y el dolor, la satisfacción y el malestar. Lo que supone también asumir una imposibilidad porque la heterogeneidad del lenguaje y del goce, del lenguaje y el empuje pulsional, impide que todo pueda ser dicho, incluye por tanto, al mismo tiempo, la posibilidad de poder asumir esta inconsistencia, este imposible de decir.

Entonces, tal y como decía anteriormente, si hay ética en el psicoanálisis, no podría ser más que la ética del “bien decir”, tal y como nos plantea Jacques Lacan en “Televisión” en el año 1973[9]. Esta afirmación tan categórica se corresponde con una práctica que opera nada más que con la palabra y el acto analítico, en una clínica que se produce bajo transferencia. Esta clínica incluye, por tanto, no solo al analizante, sino también al analista.

En términos de dirección de la cura esta ética se refiere en primer lugar a la interpretación. Este “bien decir” no tiene nada que ver con la retórica y la elocuencia, no es el decir bello, ni los enunciados precisos que se corresponderían con una concepción técnica de la dirección de la cura. Más bien al contrario, esta dimensión ética se sostiene en la producción de un deseo, que Jacques Lacan nombrará como deseo del analista, que es producto del mismo análisis. De ahí la importancia de que el analista esté lo suficientemente analizado como para poder estar a la altura de la función a la que es convocado por el discurso que sostiene y el lugar que ocupa en el dispositivo analítico.

El deseo del analista, tal y como nos señala Miller en su seminario Sutilezas analíticas, consiste en la suspensión de cualquier demanda de parte del analista. No se les pide ser inteligentes, ni siquiera verídicos, no se les pide ser buenos ni decentes, solo se les pide hablar de lo que se les pasa por la cabeza, se les pide que entreguen lo más superficial de lo que viene a su conciencia. El deseo del analista no es ajustarlos a, no es hacerles el bien, no es curarlos, sino justamente obtener lo más singular de lo que constituye su ser, lo cual solo se obtiene a través de una reducción. Tal y como les decía anteriormente uno no sabe lo que verdaderamente quiere decir cada palabra del analizante, ni tampoco los efectos que pueden provocar, azarosamente, las palabras del analista. De ahí que J.A. Miller aconseje el “desapegocomo la forma en que el analista introduce una distancia entre el significante y el significado. No se tiene claro el sentido de lo que se dice mientras no se tiene claro el goce que lo inspira.

El analista apuesta por orientar la cura de sus analizantes en el recorrido que va del desciframiento del sentido del síntoma a un “imposible de decir”. De esta forma, este “bien decir” frente a lo real, lo insoportable e incurable de cada uno, supone haber localizado lo que se satisface, de forma que un cierto desplazamiento del displacer al placer que causa el síntoma pueda producirse.

Y por esta razón, consideramos que lo específicamente psicoanalítico, en la lógica de la enseñanza de Lacan, no se ubica del lado del diagnóstico y de las clasificaciones. Con cada analizante se vuelve a empezar y así es como podemos interpretar las palabras de Freud de que hay que olvidar lo aprendido para que cada caso nos pueda sorprender.

Santiago Castellanos de Marcos.

(scastellanosmarcos@hotmail.com)

 

[1]LAURENT, E., “Los órganos del cuerpo en la perspectiva psicoanalítica” (30/11/2006). Publicado en la revista El Caldero de la Escuela Nº 4, Bs. As., 2008.

[2] FREUD, S., “Estudios sobre la histeria”, en: Obras completas, op. cit., pág. 64.

[3] Freud, S., “La iniciación del tratamiento”, en: Obras completas, op. cit., pág. 1665.

[4] Lacan, J.: “Televisión”, en Otros Escritos, P. 538, Paidós, Buenos Aires, 2012.

[5] Miller, J-A: “Patología de la ética”, en Elucidación de Lacan, P. 345, Paidós.

[6] MILLER, J.-A., Introducción al método psicoanalítico., Paidós, Bs. As., 1998.

[7] Freud, Sigmund: “Omisiones a los historiales clínicos”, en: Obras completas, op. cit., pág. 137.

[8] Lacan, J: “Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache”, en Escritos 2, p. 663. Paidós. Buenos Aires 1998

[9] Lacan, J: “Televisión”, en Escritos 2, p. 567. Paidós. Buenos Aires 1998

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