El coronavirus: un real sin ley.

Según el informe elaborado por el Imperial College de Londres, uno de los Centros Colaboradores de mayor prestigio de la Organización Mundial de la Salud, nada volverá a ser igual durante un largo tiempo. Las diferentes estrategias epidemiológicas utilizadas hasta la fecha en los diferentes países, desde el origen de la epidemia en China, han obtenido diferentes resultados, pero de todas ellas se deducen perspectivas muy sombrías.
En este informe se subraya que se tardará al menos un año en obtener una vacuna contra el coronavirus. El epidemiólogo Neil Ferguson reconoce que no hay garantías de que las primeras vacunas vayan a tener una eficacia alta. Los modelos que se aplican para calcular las consecuencias sanitarias y sociales de la actual epidemia nos informan de graves consecuencias y de muchas incertidumbres. Una amplia información sobre todo esto la podemos encontrar en los medios informativos habituales y de forma específica en una amplia literatura científica que circula en medios profesionales. Muchos de ellos hablan de que estamos en una fase de la epidemia inicial a nivel global, con diferentes desarrollos en cada país, pero que el ciclo tendrá diferentes ondas expansivas y que esas ondas se prolongarán según los modelos más optimistas entre 12 y 18 meses.
El director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, dejó clara el lunes 16 de marzo la importancia de hacer las pruebas diagnósticas en todos los casos necesarios: “No podremos frenar esta pandemia si no sabemos quién está infectado. El mensaje es simple para todos los países: hagan los test en cada caso sospechoso. Si el resultado es positivo, aíslenlo e investiguen con quién ha estado en contacto en los dos días antes de tener síntomas. Y hagan el test también a esas personas”. Dicho de otra manera, aunque los contactos estén asintomáticos habría que hacerles las pruebas, algo que el protocolo en España ni si quiera al día de hoy lo establece.

Desconozco las razones, probablemente sea debido a la incapacidad para realizarlas, pero no se trata de lo que recomienda el saber de la ciencia. Epidemiólogos e infectólogos de larga experiencia de grandes hospitales españoles han realizado declaraciones en este sentido desde que se detectó el primer caso de transmisión local el 26 de febrero. La realización del mayor número de pruebas posibles parece haber sido una de las herramientas fundamentales para frenar el avance del virus en países como Alemania o Corea del Sur. Parece ser que el sistema sanitario español no estaba preparado para una respuesta a una epidemia de estas dimensiones. Lo que sí se sabe es que el patrón epidemiológico es el mismo que Italia desde el comienzo de la crisis en los primeros días de febrero.
No es mi idea escribir sobre todo esto porque no aportaría nada nuevo. Me interesa más reflexionar sobre las consecuencias subjetivas y lo que escucho en la clínica con los pacientes.

Lo primero que hay que subrayar es cómo esta crisis afecta a la vida de las personas por el hecho de que tienen un cuerpo. Las restricciones del lazo social, el aislamiento, la no presencia del cuerpo en los hechos de la vida, introduce una pérdida de la que es necesario hacer algún tipo de duelo. Más allá de las trágicas pérdidas de vidas humanas que esta epidemia está produciendo, la pérdida está ya funcionando de antemano.
Una persona me decía hoy que nuestro sentido de la “normalidad” está alterado. Si habíamos asumido como algo “normal” auténticas tragedias humanas como las guerras, el hambre y la barbarie que azotan grandes zonas del plantea, lo novedoso es que lo que está pasando nos afecta a nosotros directamente, es decir a nuestros cuerpos. La amenaza no es imaginaria, es real.
Un paciente, al que considero un hombre muy inteligente, me hablaba de que partíamos de un “exceso”, de un “desborde” en el estilo de vida que la civilización estaba tomando, de su deriva, y que esto había que considerarlo como una corrección inevitable y al mismo tiempo lamentable. A su manera habla de lo que el psicoanálisis lacaniano nombra como un exceso de goce, un exceso que se produce a partir del funcionamiento del discurso capitalista, en el que el sujeto es consumido por la propia proliferación de los objetos de consumo. Podríamos añadir que el mismo ecosistema, el hábitat del ser hablante, se presenta amenazado por ese exceso sin aparentes límites.
Me decía que es normal que el ser humano busque el placer o le guste viajar, pero eso no tenía nada que ver con que 10.000 turistas atraquen un día en la ciudad de Barcelona y la “arrasen”, o que millones de personas volaran en aviones que surcan el cielo cada día de una esquina a otra del planeta.
Ese desborde tenía que encontrar un límite y según su razonamiento el “coronavirus” lo estaba haciendo de la peor de las maneras, introduciendo una pérdida de graves consecuencias en todos los aspectos. Habrá un antes y un después.
La elaboración de esta pérdida a través de lo simbólico se presenta compleja porque ninguno de los discursos hegemónicos, cubren ese agujero en lo real de la vida. Llama la atención el silencio de la Iglesia, del discurso universitario y al mismo tiempo las insuficiencias e incertidumbres que presenta la religión del siglo XXI: el discurso de la ciencia.

Hoy día 17 de marzo, a las 20 horas, cuando estaba en el salón de mi casa he oído un ruido atronador que procedía de la iniciativa ciudadana de aplaudir todas las noches, desde las ventanas, al personal sanitario que está demostrando una entrega y una vocación sin precedentes. Ellos son los héroes, en todo el país, de los ciudadanos que vivimos aislados en cada una de nuestras casas las 24 horas del día. No se puede salir, no se puede circular, no se puede visitar a nadie si no es con una causa justificada. Hay miedo, angustia y esperanza depositada en aquellos que salen todos los días a garantizar los servicios básicos del funcionamiento de lo social -no solamente los sanitarios, aunque ellos se hayan convertido en los iconos de la esperanza-. La respuesta cívica una vez que se ha subjetivado la gravedad de la situación es ejemplar.
Mientras se aplaude algunos cantan, otros gritan aferrándose a consignas que representan sus ideales. ¡Viva España! me ha parecido escuchar entre los aplausos. Los ideales, algunos de ellos claramente xenófobos y segregacionistas, son aprovechados por los líderes de la extrema derecha para alimentar el odio a lo extranjero. La comunidad china en España, siendo consciente de este problema, está dirigiéndose a los hospitales para entregar centenares de miles de mascarillas como muestra de solidaridad.

En la otra cara de la moneda circulan por internet infinidad de chistes, videos y reproducciones de situaciones irónicas que nos permiten reir por un instante. La agudeza propia del lenguaje humano, que ya Freud localizó como una de las variantes del tratamiento de lo traumático, encuentra su expresión en las redes sociales.
En la clínica psicoanalítica observamos cómo este real traumático resuena de distinta manera en cada uno de nosotros. Pacientes graves que se estabilizan por la contención que introducen las medidas de alarma implementadas por el Gobierno, pacientes que se desestabilizan porque experimentan lo que está ocurriendo como una amenaza o una conspiración que en algunos casos es la fuente de un delirio, pacientes que se angustian, pacientes enredados en múltiples asuntos de la vida cotidiana que hablan de que todo lo que ocurre les hace darse cuenta de lo verdaderamente importante para ellos (cada uno en su particularidad), pacientes asustados y aterrorizados porque están en cuarentena con clínica sospechosa de padecer Covid-19 pero a los que no se les hace las pruebas diagnósticas. Ni al paciente ni a sus contactos.

Al mismo tiempo lo que está pasando está cambiando la práctica, podríamos decir que por fuerza mayor. Durante mucho tiempo el psicoanálisis de orientación lacaniana ha defendido frente a otras opciones terapéuticas la importancia de la presencia de los cuerpos en la dirección de la cura. Pero eso no será posible en el corto y medio plazo. Nuevas formas se reinventan utilizando las nuevas tecnologías para poder seguir escuchando a los pacientes. Algunos porque están en cuarentena, otros porque tienen miedo a salir a la calle y durante los próximos meses porque directamente las medidas del Gobierno prohíben la libre circulación de las personas.
Las instituciones psicoanalíticas tienen también que reinventarse para mantenerse vivas y no quedar hibernadas. La importancia del lazo social es imprescindible para el sostenimiento del discurso analítico y la transferencia de trabajo. Ese lazo y el discurso propio tendrán que hacer el uso que convenga de las nuevas herramientas tecnológicas que facilitan al menos la comunicación, el intercambio de ideas e incluso la conversación. Herramientas que eran desconocidas por nosotros, pero con las que tenemos que familiarizarnos e incorporarlas a la vida institucional en sus diferentes niveles.

La experiencia de un análisis nos enseña que si bien lo real traumático queda como un agujero e inasimilable a lo simbólico hay que “arreglárselas con eso”.
Considerar que este tsunami del coronavirus ha llegado y presentará varias olas expansivas que circularán por el planeta durante el próximo año -según nos dice la Organización Mundial de la Salud- nos plantea la necesidad de pensar el funcionamiento y la organización de la vida institucional bajo la condición de que la presencia de los cuerpos no será posible de la manera en que lo estábamos haciendo hasta ahora. Es muy probable que no se puedan celebrar jornadas, encuentros y reuniones grandes a lo largo de 2020.

¿Cómo afectará y qué consecuencias tendrá para el lazo social, para el propio psicoanálisis, la pandemia que sacude todas las estructuras productivas, políticas, económicas y sociales?
Es una pregunta que nos tenemos que hacer y de alguna manera hay que poner a trabajar algunas respuestas.
Los gobiernos de los países europeos han respondido inicialmente con el anuncio de medidas económicas y sociales impensables en la Europa en la que predomina el discurso neoliberal. Se podría pensar en una equivalencia entre el Plan Marshall orquestado por EEUU para la reconstrucción de Europa tras la segunda guerra mundial y lo que los diferentes gobiernos europeos están instrumentando en este momento.
Las instituciones analíticas y los psicoanalistas también tenemos que reinventarnos, defendernos frente a lo real, encontrar el «propio plan», aquél que sirva a la causa que nos une.

 

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